Los medios de comunicación nos han acercado una noticia espeluznante que ha ocurrido recientemente. Y es que en la madrugada del martes día 12 de enero, la tierra tembló en Haití, una región extremadamente pobre e inestable. Se produjo un seísmo que se dejó sentir en todo el país (7 grados en la escala Richter) y tuvo como epicentro la propia capital: Puerto Príncipe. Recordemos que la isla caribeña de La Española la comparten 2 estados: Haití y la República Dominicana.
Debido a este terremoto tan violento, al menos la mitad de las construcciones habitadas se han venido abajo (incluso el edificios gubernamentales como el Palacio Nacional). Esto ha provocado una de las mayores tragedias de la historia de la Humanidad, pues las víctimas mortales ya se cuentan por decenas de miles y los damnificados casi por millones.
Parece ser que las catátrofes naturales siempre se ceban con las personas con menos recursos y esta vez han castigado despiadadamente a uno de los países más humildes del mundo, pues seguramente es el más empobrecido y violento de toda América Latina.
La ayuda internacional va llegando poco a poco, mientras aún laten muchos corazones bajo los escombros esperando ser rescatados. A algunos ya les pilla demasiado tarde, pues se acostaron la noche del 11 y ya no se levantarán jamás. Los supervivientes, los lloran y tratan de ponerse a salvo. Muchos de ellos también han perdido todas sus pertenencias.
Falta agua potable, medicinas, alimentos, electricidad,... Se producen saqueos y pillajes en un ambiente caótico. En este panorama apocalíptico de sufrimiento, los cuerpos de los fallecidos empiezan a descomponerse (por eso son calcinados o enterrados en fosas comunes) y todo huele a enfermedad, muerte y destrucción.
Esperemos que las ONGs puedan trabajar y se coordinen bien para dar la mejor respuesta posible a las víctimas, pues estos días son trascendentales para evitar que la tragedia adquiera tintes mucho más dramáticos.
Esperemos que los seres humanos sepamos atender con diligencia la llamada de emergencia (S.O.S.) que nos lanzan los habitantes de esta zona del planeta tan vulnerable.
Debido a este terremoto tan violento, al menos la mitad de las construcciones habitadas se han venido abajo (incluso el edificios gubernamentales como el Palacio Nacional). Esto ha provocado una de las mayores tragedias de la historia de la Humanidad, pues las víctimas mortales ya se cuentan por decenas de miles y los damnificados casi por millones.
Parece ser que las catátrofes naturales siempre se ceban con las personas con menos recursos y esta vez han castigado despiadadamente a uno de los países más humildes del mundo, pues seguramente es el más empobrecido y violento de toda América Latina.
La ayuda internacional va llegando poco a poco, mientras aún laten muchos corazones bajo los escombros esperando ser rescatados. A algunos ya les pilla demasiado tarde, pues se acostaron la noche del 11 y ya no se levantarán jamás. Los supervivientes, los lloran y tratan de ponerse a salvo. Muchos de ellos también han perdido todas sus pertenencias.
Falta agua potable, medicinas, alimentos, electricidad,... Se producen saqueos y pillajes en un ambiente caótico. En este panorama apocalíptico de sufrimiento, los cuerpos de los fallecidos empiezan a descomponerse (por eso son calcinados o enterrados en fosas comunes) y todo huele a enfermedad, muerte y destrucción.
Esperemos que las ONGs puedan trabajar y se coordinen bien para dar la mejor respuesta posible a las víctimas, pues estos días son trascendentales para evitar que la tragedia adquiera tintes mucho más dramáticos.
Esperemos que los seres humanos sepamos atender con diligencia la llamada de emergencia (S.O.S.) que nos lanzan los habitantes de esta zona del planeta tan vulnerable.

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