martes, 18 de diciembre de 2012

LA ODISEA DE LOS ANDES

De todos los acontecimientos que ocurrieron en el año 1972, que es cuando yo nací, quiero destacar uno por encima de los demás. Se trata del accidente de aviación que se produjo en la Cordillera de los Andes el 13 de octubre de ese año, en que fallecieron 29 personas. Sin duda, la parte positiva fue que hubo 16 supervivientes, los cuales pasaron una auténtica odisea hasta que fueron rescatados, diez semanas después del siniestro (a finales de diciembre).
El avión Fairchild Hiller FH-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya había sido alquilado por un grupo de integrantes del club de rugby Old Christians de Montevideo para jugar en Chile un partido de exhibición y pasar unos días de descanso. Viajaban los deportistas (la mayoría eran jóvenes de edades entre 19 a 25 años) con algunos amigos y familiares. Eran 45 personas contando con los cinco miembros de la tripulación. 
El vuelo salió del aeropuerto de Carrasco (Uruguay) el día 12, pero por razones meteorológicas hicieron escala en la ciudad argentina de Mendoza. 
A pesar de que las condiciones atmosféricas de la cordillera no eran las más propicias para volar, el día siguiente retomaron el vuelo hacia Chile. Por varios factores que no se conocen con exactitud, el avión nunca llegó a su destino. La aeronave se precipitó contra las montañas. Se desmembró en varios trozos y finalmente el fuselaje quedó varado en la nieve con varias personas vivas en su interior. A causa de los fuertísimos golpes muchas personas fallecieron en el momento del accidente o en las siguientes horas. 
Sin a penas ropa de abrigo y con escasas provisiones de alimentos, estaban atrapados en un lugar prácticamente inaccesible de la cordillera de los Andes, a unos 3.500 metros de altitud sobre el nivel del mar. Hay que tener en cuenta que esta cadena montañosa es la más extensa del planeta y la 2ª que más altitud media tiene después del Himalaya. En este caso resultó una barrera infranqueable para el avión. 
Pasados los primeros momentos de caos y desesperación, los supervivientes tuvieron que organizarse para intentar salir vivos de esa aventura. Nunca imaginaron que en las semanas siguientes iban a jugar el partido más importante de sus vidas: el de su propia supervivencia. Según iban pasando los días, al tiempo que, algunos de ellos iban muriendo por diversas causas, las escasas provisiones alimenticias se terminaban y cada vez se fue desvaneciendo la posibilidad de ser rescatados. Al cabo de una semana tuvieron la confirmación por la radio de que se habían suspendido las tareas de rescate. Los más fuertes tuvieron que ayudar a los más débiles a reponerse y a curar sus heridas. Roberto Canessa, que entonces estudiaba la carrera de medicina hizo todo lo que pudo por sus compañeros a nivel de cuidados, tratamientos, curaciones... El liderazgo de otros como Nando Parrado (que estuvo los primeros días inconsciente), también fue decisivo para que el grupo se adaptara a la situación y hicieran lo necesario para seguir aguantando hasta un hipotético rescate. También contribuyeron a salir adelante otros como Vizintin, “Coche” Inciarte, Álvaro Mangino, los primos Straucht, Carlos Páez, Javier Methol, etc. 
Tuvieron que tomar la difícil y dura decisión de alimentarse de la carne de sus compañeros muertos. A pesar de la repugnancia y de los dilemas morales que esto les producía, no les quedó otra opción para poder seguir vivos, pues a esa altitud, rodeados de nieve, no había fauna ni vegetación que les pudiera servir de alimento. 
Se las ingeniaron para poder vivir en un ambiente tan extremo. Dormían apiñados para darse calor y poder soportar las gélidas noches. Idearon un sistema para convertir la nieve en agua, hicieron abrigos con las fundas de los asientos del avión, construyeron unas gafas de sol caseras...
En el día décimo séptimo se produjo una avalancha de nieve sobre los restos del avión que mató a ocho de los que aún quedaban con vida. Fueron pasando los días y las semanas y se sucedían las bajas. El último pasajero que murió fue Numa Turcatti el día 11 de diciembre. Posteriormente, Roberto y Nando hicieron una expedición que les llevó varios días en busca de ayuda. Tras varios días descendiendo por las escarpadas laderas de las montañas, tuvieron la suerte que encontrar a un pastor (Sergio Catalán) que estaba en la parte chilena de la cordillera con sus vacas. Se comunicaron con él gracias a un mensaje que escribió Nando y que se lo arrojó al arriero desde el otro lado de un riachuelo. El mensaje decía lo siguiente: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar.” 
Unas horas después, acudieron en su ayuda equipos de rescate chilenos y en los siguientes días, fueron helicópteros al lugar donde estaba el avión y con unas maniobras arriesgadísimas pudieron evacuar en dos jornadas a los que quedaban. Fueron unas semanas que pasaron con unas condiciones extremas, sin recursos, sin alimentos... Al final, fueron 16 supervivientes que estuvieron desde el día 13 de octubre hasta el 22 de diciembre, pero por sus ganas de vivir, por su decisión, por su valentía, por su solidaridad, por su lucha sin descanso, por su fe en Dios y sobre todo en ellos mismos, lograron salvarse para poder contarlo. Estos valores deberían promoverse desde la educación y que los jóvenes de hoy conozcan lo que les pasó a otros jóvenes de 1972. 
Cuarenta años después, las víctimas y los dieciséis supervivientes que aquella tragedia han sido homenajeados en Uruguay (la mayoría tienen ahora entre 59 y 65 años) y fueron recibidos por el presidente de Chile. Sólo cinco de ellos pertenecían al al equipo de rugby Old Christians
Uruguay, es un pequeño país de América Latina que sólo era conocido entre otras cosas por su victoria en los campeonatos mundiales de fútbol de 1930 y de 1950, ahora había generado nuevamente una noticia que se difundió hasta en los lugares más recónditos.
Los medios de comunicación han contribuido a que este suceso lo conocieran muchas personas, pero considero injusto que se carguen mucho las tintas en resaltar las conductas de antropofagia de los supervivientes, pues ¿acaso cualquier persona no preferiría comer carne humana en lugar de morir de inanición? Considero que tampoco hay que poner objeciones a nivel moral, pues los cuerpos de las personas fallecidas de no aprovecharse así, se hubieran descompuesto y todos hubieran fallecido
Recomiendo a cualquier persona que lea el extraordinario libro de Piers Pauls Read titulado Viven. La tragedia de los Andes (se puede tomar prestado en cualquier biblioteca). Contó toda la historia con toda su crudeza, basándose en los testimonios de los sobrevivientes y en 1974 se convirtió un "best seller" a nivel mundial. Ese libro inspiró la película del mismo título, dirigida por Frank Marshall. Hay otros muchos libros que narran lo que sucedió, pero quizá el más emotivo sea El milagro de los Andes, escrito por Nando Parrado, que fue uno de los supervivientes, que además perdió a su madre y a una hermana a causa del accidente del avión. Se puede encontrar abundante información en internet, incluyendo páginas web que recuerdan este acontecimiento y vídeos de Youtube en las que aparecen algunos de los protagonistas. 
Las madres de los chicos fallecidos, para honrar su memoria, fundaron en Montevideo una biblioteca llamada Nuestros hijos. Su lema es: “Valor y fe” y su sentido es servir de motor para construir realidades positivas. 
La verdad es que tiene que ser muy duro perder a un hijo en la juventud, pues es la plenitud de la vida, con todo un futuro por delante. Quiero transmitir más sincero reconocimiento a las víctimas pues todos contribuyeron a que 16 personas pudieran volver a sus casas y celebrar la Navidad con sus respectivas familias. 
Me gustaría expresar también toda mi admiración a los supervivientes, pues han demostrado que aún hoy, son una gran familia gracias a la creación de la fundación Viven
Una vez que cesó el interés de los medios de comunicación ya no se les dio pelota (como suelen decir en Uruguay), pero todos hemos de reconocer que fueron unos auténticos héroes. Todavía hoy, cuarenta años después, siguen dando conferencias en instituciones y centros educativos y promueven valores tan positivos como la donación de órganos, la amistad y la solidaridad. 

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